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Autor: Luis Gollonet Teruel

Como siempre

Como siempre

            Las pasadas navidades, mi sobrina, que apenas tiene cinco años, me pidió que le preparase el desayuno. Quise improvisar como chef, e innovar un desayuno, cogiendo una sartén y fruta, pero como si fuera la veterana parroquiana de un bar, me dijo que no, que le preparase lo de siempre.

            Me hizo gracia lo de siempre, porque en realidad no le habré preparado el desayuno más de cuatro o cinco veces. Y me quedé pensando en qué sería eso de siempre.

            Cuando mi abuela, casi centenaria, me decía que iba a dormir una siesta de cinco minutos, como siempre, tenía más sentido la expresión. Lo que no tenía sentido, visto ahora con perspectiva, es cuando les prometimos amor para siempre a algunas personas.

            Esto de “siempre”, como siempre, o para siempre, es, sin duda, un concepto jurídico muy indeterminado.

            Nuestro Código Civil recoge la palabra siempre en ciento treinta y dos ocasiones, pero en casi todas se utiliza como condicional, “siempre que no sea contrario a la ley”, “siempre que no se establezca otra cosa”, o como sinónimo de “para todos los casos”; así, tenemos “velará siempre por el interés del menor”, o la “buena fe se presumirá siempre”, regla, esta última, que se recomienda aplicar a la inversa más allá del estricto ámbito de las relaciones jurídicas.

            Quizá el sentido coloquial de la expresión siempre, o como siempre, o para siempre, se refiera más propiamente, desde un punto de visto jurídico, a vitalicio o a perpetuidad. Pero es un concepto esquivo para el Derecho, porque los fiscalistas postulan que lo vitalicio no pasa de los 90 años, y hasta los censos perpetuos, ya reservativo ya enfitéutico, puede redimirlos el censatario a los 60 años. Hay incluso quienes contrataron un nicho a perpetuidad, o para siempre, y se han encontrado con que transcurridos 99 años se ha terminado su perpetuidad.

            Quizá en alguna sentencia se inspiraron los Héroes del Silencio cuando cantaban aquello de para siempre, no hay nada para siempre. Más poética, y menos legalista, fue Frida Kahlo cuando dijo que nada dura para siempre, por eso quiero que seas mi nada.

            En fin, no se queden mis queridos tres o cuatro lectores turbados o temerosos con esto de la eternidad, que la semana que viene habrá otra publicación en este blog, y dentro de unos meses podrán leerme de nuevo. Como siempre.

Luis Gollonet Teruel

ALGUNAS COSAS BUENAS

ALGUNAS COSAS BUENAS

Luis Ángel Gollonet Teruel

Magistrado especialista en lo Contencioso-administrativo

Tribunal Superior de Justicia de Andalucía

           

Creo que mi prima Mariángeles tenía cuatro años, puede que algo más, una noche de junio en me quedé a cuidarla mientras sus progenitores, felizmente liberados, asistían a determinado evento.

            Con toda la inocencia estuvo media tarde, según me contó mi tía, preparando con mucha alegría una ristra de juguetes de lo más variado: un trenecito, un puzzle, una cocinita, su muñeca favorita…

            Cuando llegué me miró con una cara de pilla y de ilusión que nunca podré olvidar.

            -Mira cuántos juguetes para nosotros quimo– me decía con la mirada.

            Y, sin embargo, cuando recibí las instrucciones oportunas -que beba agua templada, el pijamilla fresco, la mantita a media noche, que no coja frío- mi prima se tumbó en el sofá, se acomodó un cojín, y se quedó plácidamente dormida con una media sonrisa cándida.

            No llegamos ni a sentarnos en el suelo, ni a tocar una caja de juguete, pero mientras la admiraba supe que fue feliz preparando tanta cosa, y que durmió contenta, como si hubiéramos estado jugando toda la eternidad.

            Algunas veces, cuando algunos estudiantes con los que coincido manifiestan que quieren ingresar en la carrera judicial, me recuerdan, siquiera vagamente, a la cara de ilusión de mi prima.

            Incautos, inocentes, desinformados. Posiblemente idiotas, supongo. Sin saber dónde se meten.

            Al final la vida se impone, tanto tienes, tanto vales, como decía el poeta, y ya se encargará la vida de darles su merecido, no por donde más les duela, sino desde donde más renegaron o presumieron.

            Pero como no quiero merecer una piedra de molino al cuello, prefiero hoy glosar algunas de las cosas buenas de ser juez. Que haberlas haylas.

            La primera de las cosas buenas de ser juez es tener el privilegio de vivir en Barcelona. Al menos en este caso, bendita geometría variable, bendito cuaderno azul, que llevaron la Escuela Judicial a la ciudad condal, y que nos han permitido vivir y descubrir la cultura catalana, perdernos por sus calles no siempre de madrugada, sentir la libertad de renacer tras la oposición en incomparable entorno, y disfrutar unas vivencias que no habrían sido las mismas en otro lugar. Si algún día me pierdo, a mí buscadme por Barcelona.

            También tenemos la fortuna, fruto del azar de los primeros destinos, de vivir en la que hasta hace no mucho llamábamos la España profunda, y que ahora llaman la España vaciada. Profundamente vaciada, a veces. Es también muy enriquecedor haber vivido en las dos Españas, y no solo en una, y aunque no es fácil el traslado de una ciudad moderna y bulliciosa a un pueblito, no podemos negar que, sopesando ventajas y desventajas, el fiel de la balanza se inclina por el lado bueno de vivir en zonas rurales. Hay costumbres, maneras de relacionarse, quiteud, nobleza y un sentido de la vida tan propios y diferentes al de la otra España, la urbanita, que solo quienes hemos estado en estos destinos lo hemos podido sentir de cerca. ¿Cuándo iba yo a haber tenido la suerte de vivir en una ría coruñesa, o en la comarca de los Vélez de Almería? Al final, lo malo de ascender y afincarse en una determinada ciudad termina siendo que se pierde la oportunidad de descubrir nuestro gran país.

            Cuando de pequeño me quejaba por tener que ir solo a algún sitio, o de tener que hacer algo solo, mi madre, en su inmensa sabiduría de madre, solía espetarme con sorna que llamara a una pareja de la Guardia Civil. Ese es el primer recuerdo que tengo de la Benemérita en la memoria, y quién me iba a decir a mí que tenía tanta razón mi madre, porque nunca en mi ejercicio profesional me sentí solo cuando sabía que estaba allí la Guardia Civil, cuya entrega, dedicación, amor a España y profesionalidad han sido de los mejores descubrimientos que he hecho como juez rural. Claro que hay dentro del cuerpo manzanas podridas, pero quien ha tratado con los civiles, sabe con razón que son una excepción en un cuerpo admirado. Es un honor haber formado parte del mismo equipo.

            También he tenido la suerte de conocer unos compañeros, jueces de las más variadas procedencias, cuya capacidad de trabajo, ecuanimidad, entrega y compromiso con los valores constitucionales siempre me han sorprendido para bien y me ha enriquecido. Por supuesto que hay jueces vagos, y torpes, como en todos los gremios. Pero es inspirador trabajar al lado de personas que, en su inmensa mayoría, con un alto grado de sacrificio, se esmeran tanto en hacer su trabajo mejor y que están siempre disponibles para ayudar cuando un compañero tiene una duda o consulta. Personas muy preparadas y honestas que me han ayudado a crecer y ser algo mejor. Y cuéntenle a otro la milonga del corporativismo, que yo solo he tenido un pleito y lo he perdido. Y encima en el contencioso-administrativo. 

            En fin, hay más cosas buenas de ser juez que no caben en este pequeño artículo. Al recordarlas, a veces, hasta se recupera la ilusión. Lo que ya nunca se recupera, eso sí, es un sueño tan puro como el de aquella noche de mi primilla.