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Autor: María de las Nieves Rico Márquez

NOSTALGIA

NOSTALGIA

          Esta semana se ha celebrado el día del libro, y ello me ha recordado que hace poco tiempo, en un club de lectura al que pertenezco leímos “La papelería de Tsubaki”,  de Ito Ogawa (Ed. Navona, enero 2024), que  no es un libro trepidante, pero  precisamente eso es lo que lo hace especial. En síntesis, trata de una chica que regresa a la ciudad en la que creció con motivo del fallecimiento de su abuela,  y se hace cargo del negocio de ésta, una papelería.

          En la citada papelería, además de vender los objetos propios de ese establecimiento, Hatoko, la protagonista, redacta cartas por encargo, de todo tipo (amor, desamor, negocios, condolencias, etc), y es entonces cuando he sentido nostalgia.

          Hatoko recibía a sus clientes  en su tienda de forma pausada, les hacía acomodarse, les ofrecía  algún tipo de té o  dulces, todos diferentes y escuchaba atentamente cuál era el objeto de misiva que habría de redactar. A continuación,  ella seleccionaba, no sólo el contenido y el tono de la carta en función de a quién iba dirigida, sino el papel o incluso la pluma adecuada a tal fin. Esto me recordó a un tiempo en el que también nosotros nos comunicábamos por correspondencia y ahora esa acción la concibo como acto de generosidad.

          En efecto, una vez que tenías decidido que era hora de escribir a alguien, te dirigías a la papelería para elegir el papel, pues los había de todos los tamaños, colores e incluso olores, para, posteriormente, comprar un sobre y el sello adecuados. Llegados a casa, tenías que sentarte, parar, reflexionar y pensar en la otra persona, qué le ibas a contar, cuáles eran tus sentimientos o tus últimas vivencias, e incluso dabas respuestas a preguntas que  el destinatario te podría formular como si de una conversación se tratara. Finalmente, tenías que buscar el buzón donde habrías de depositar la carta. A ello le seguía cierto nerviosismo, pues lo lógico era que días o semanas después te convertirías en el destinatario de la carta que daría respuesta a la que tú enviaste. 

          En época navideña era preceptivo mandar el correspondiente christmas a la familia o amigos, previamente  adquiridos en la tienda o, muchas de las veces,  se trataba de christmas confeccionados por nosotros en la clase de plástica o pretecnología. Es más, cuando ibas de viaje, uno de  los regalos o recuerdos más típicos era comprar una postal con una imagen del lugar en el que estabas, lo que constituía una prueba fehaciente de que, ciertamente, habías estado en ese sitio. Actos todos ellos, insisto, de generosidad, de pararse a pensar que a otra persona le podría gustar aquello que te habías parado a  elegir  y comprar.

          Sin embargo, ahora todo son prisas e inmediatez. Basta con un whatssap, que a  modo de ejemplo, se diga “qdamos mñana? (seguido de unas manos a modo de rezo o el emoji de la flamenca), a lo que puede seguir una respuesta como: “ (emoji de cara triste con una lágrima saliendo del ojo) otro día (seguido de emoji de cara lanzando un beso). Actos de comunicación que, además de aberraciones o patadas al diccionario y a la ortografía, constituyen, en muchas ocasiones,  verdaderos actos de descifrado de jeroglíficos.

          O algo peor todavía. Hace unos días uno de mis hijos quedó con sus amigos y al recogerlo los ví a todos sentados, inmersos en un silencio casi sepulcral. Les pregunté que por qué no estaban jugando o hablando, y ellos, casi ofendidos, me aseguraron que estaban hablando, y la verdad es que así era, pero a través de sus teléfonos móviles.

          Y eso es a lo que me refería con un acto de generosidad. Antes, encontrabas siempre un momento para conversar con otra persona, o sentarte y pensar en ella para dedicarle unas palabras, no importaba cuáles, las suficientes y precisas para evidenciarle que seguías ahí.

          Retomando el argumento del libro, otro de los personajes que me parece entrañable es Bárbara, una señora de avanzada edad, que pese a sus años no escatimaba el tiempo, ni sus esfuerzos en  hacer todo tipo de actividades, bien sola o acompañada de sus amigos. Bárbara era la vecina de la protagonista, y siempre tenían tiempo para desayunar juntas, tomar un café o simplemente saludarse cada mañana al asomarse a su ventana. De hecho, define mucho a este personaje una frase del libro. Hatoko le preguntó cuál era su estación favorita, a lo que ella respondió “Todas ¡faltaría más! -ni siquiera tuvo que pensarlo- En primavera florecen los cerezos, en verano, puedes ir a nadar, en otoño, la comida sabe mejor, y en invierno, las estrellas son más bonitas que nunca y el mundo parece en paz”.

          En cambio, ahora creo que es más difícil encontrar a alguien que conozca a los vecinos de su edificio y no es inusual que cuando entras en un ascensor,  la persona que esté dentro sustituya el saludo por una inclinación de la cabeza hasta el suelo, buscando su móvil para consultar cualquier cosa, pese a saber que la cobertura no es buena,  para hacer menos incómoda la llegada  a la planta de destino y evitar cualquier cruce de palabras con una persona desconocida.

          Con todo esto no quiero decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero quizás sí que hemos olvidado cultivar nuestras relaciones de amistad, familiares, etc.

          En definitiva,  como  expresé al comienzo del artículo, este libro no es trepidante, pero sí constituye una exaltación al disfrute de cada día, de cada instante, de pararse a escuchar y compartir momentos con quienes nos rodean,  dedicarles tiempo. Sé que esto resulta ñoño o empalagoso,  quizás estoy en un momento especialmente sensible, pero valoro esos momentos. Aún así, soy una persona muy afortunada, pues mi familia siempre tiene tiempo para mí y especialmente, tengo amigas, muchas de ellas “judiciales”, y ellas saben quiénes son, que siempre buscan ese hueco, para hablar de cualquier cosa, no tiene por qué ser nada profundo, ni trascendental, pero siempre me arrancan  unas risas, que no sólo sonrisas. Son personas medicina.

          La moraleja, si la hubiera, es que disfrutéis de todo aquello que nos rodea, del día a día, en definitiva, como diría nuestra Bárbara, convertid todas las estaciones en vuestra favorita.

          María de las Nieves Rico Márquez

“La autobaja”

“La autobaja”

            Recientemente, a raíz de la situación  que vive la sanidad pública con motivo de la llegada masiva de enfermos  con patologías  respiratorias a las urgencias de  nuestros hospitales, especialmente tras el período vacacional en el que hemos disfrutado de reuniones familiares y/o de amigos,  que ha ocasionado que hablemos nuevamente de una pandemia,  saltó a la palestra la posibilidad de la autobaja como mecanismo para aliviar al sistema sanitario. En concreto, una de las peticiones del Ministerio de Sanidad a las CCAA en el Consejo Interterritorial de Salud era la posibilidad que los trabajadores pudieran autojustificar bajas de 3 días, lo que, por otro lado, no es del todo novedoso, porque ya se utilizó  durante la pandemia en época del COVID-19. Para ello, según la Ministra de Sanidad Dª Mónica García, sería suficiente una autodeclaración responsable  evitando así acudir a centros de atención primaria.

            La incapacidad temporal es una  institución que recoge nuestro ordenamiento jurídico como mecanismo de protección frente  a lo que supone una alteración de la salud que  impide  trabajar, y a diferencia de la incapacidad permanente, de forma transitoria.  Por ende, los requisitos para ello son, de un lado, la alteración de la salud que impide o limita la  realización de la profesión habitual, de forma temporal, y de otro lado,  la necesidad de asistencia sanitaria.

            En la regulación actual, en concreto, el art. 2 del RD 625/2014, de 18 de julio, atribuye la competencia para emitir el parte de baja al médico del servicio público de salud que haya efectuado el reconocimiento del trabajador afectado. De ahí se colige y, expresamente el indicado  precepto exige, que el parte de baja vaya precedido de un reconocimiento médico del trabajador que permita la determinación objetiva de la incapacidad temporal para el trabajo habitual.

            En definitiva, siempre se exige la comprobación de un profesional sanitario para constatar la referida alteración de salud que impide al trabajador/a  desempeñar su trabajo.

            Y ¿por qué precisamente se menciona el plazo de 3 días?  La razón es que, en cuanto al abono de la prestación, en caso de  enfermedad común o accidente no laboral, se tiene derecho a la misma partir del  cuarto día, a contar desde la fecha de la baja siempre que la situación de incapacidad temporal tenga una duración mínima de 7 días, a contar desde dicha fecha (art. 8 de la Orden  Ministerial de 13 de octubre de 1967). Así las cosas durante esos tres días ni la empresa ni la Seguridad Social tienen que asumir el pago de prestación alguna, dado que no es hasta el 4º día hasta el 15º cuando la empresa se hace cargo del 60% de la base de cotización y a partir del 16 al 20 se responsabiliza  la Seguridad Social, aumentando desde entonces el porcentaje. En definitiva, correría a cargo del trabajador/a, por lo que la anunciada medida quiere dejar entrever que no habría coste alguno para nadie.

            La propuesta no ha tenido buena acogida por ninguno de los sectores afectados: las CCAA por no haber contado con ellas, ni haber facilitado información, ni cuál era la intención del Ministerio o cómo pretendía materializarla;  los sindicatos, porque con ello no se consigue  la finalidad que se pretende con la incapacidad temporal, que no es otra que el de recibir la necesaria asistencia sanitaria (recordemos que era uno de los elementos definitorios de la incapacidad temporal) para el restablecimiento de la salud; finalmente,  los empresarios  recelan  ante el riesgo de aumento del absentismo laboral. Los médicos son los únicos que sí parecen más proclives a  admitirla, lo que, dicho sea de paso, es razonable ante la situación que están viviendo a diario.

            Desde El Economista se cifra que  la autobaja tendría un impacto económico en las compañías, que rondarían los 2274 euros por trabajador durante las 72 horas que puede estar de “autobaja”, cálculo que obtiene el informativo a partir de las cotizaciones a la Seguridad Social a las que tendría que hacer frente a la empresa y la ausencia de productividad generada en los que el  empleado no abonará cuotas. Estas cifras evidencian que la cuestión no es del todo baladí y ello en el marco de un país que, en 2023, cada día 1,3 millones de personas faltan a su puesto de trabajo, de los que 300.000 lo hicieron sin justificación, incrementándose un 21% el absentismo en los cuatro últimos años.

             Ahora bien,  son muchas las incógnitas que se generan, entre otras, si para la declaración de autobaja habría algún tipo de modelo oficial para ello o por el contrario no estaría sujeto a formalidad alguna; quiénes serían los destinatarios de la  comunicación, que habría de ser tanto al empresario, para justificar la ausencia, pero también al servicio público sanitario, pues podría tener relevancia para posibles bajas posteriores (ej. supuestos de recaídas).

             En cualquier caso, considero que no sería fácil de implementar por cuanto  que evidentemente puede generar suspicacias ¿la autobaja no precisaría de ningún tipo de verificación médica posterior?; en caso afirmativo ¿podría darse el caso de que el médico/a no “ratificara” la autobaja?, ¿qué ocurriría  en este último caso, se calificaría de ausencia injustificada? No podemos olvidar, que desde el plano  laboral esto último tiene su relevancia,  pues la ausencia injustificada un determinado número de días puede calificarse, según  algunos convenios colectivos, de infracciones de distinta gravedad en atención al número de días de ausencia, hasta derivar en  despido disciplinario por  la falta repetida e injustificada de asistencia o puntualidad al trabajo (art. 54.1 y  54.2.a) ET).

            En la época de la pandemia, ya se utilizó el mecanismo de la “autobaja”, pero tenía sentido por entonces, porque aún se desconocía la transcendencia o consecuencias de la enfermedad tratando de evitar los desplazamientos, y existían restricciones y limitaciones en la circulación, contexto que nada tiene que ver con el actual.

            En el marco europeo, algunos países admiten la autobaja. Por ejemplo, en Portugal existe la autodeclaración de enfermedad bajo “un compromiso de honor”,  justificando un máximo de 3 días consecutivos de ausencia en el puesto de trabajo por enfermedad, sin que se pueda superar dos autobajas cada año civil, esto es, 6 días, no consecutivos. En el Reino Unido hay un período de autocertificación de 7 días sin necesidad de documento médico alguno, si bien a su regreso al puesto puede el empresario pedirle que autocertifique que ha estado enfermo utilizando para ello un método acordado entre las partes, bien a través de un formulario o a través de correo electrónico. En Alemania, en la pandemia se implantó la baja telefónica, que se ha vuelto a implantar en diciembre del pasado año  por el repunte de las infecciones respiratorias, pero son requisitos necesarios el que el paciente haya acudido a la consulta previamente (es decir, que no sea un desconocido para el facultativo) y que padezca síntomas leves. Los facultativos podrán hacer uso de esta facultad de otorgar bajas médicas de hasta 5 días no prorrogables. En Países Bajos, por el contrario, las ausencias laborales, en general, se basan en una relación de confianza, en la que el empleado solo debe avisar  en el día a la empresa que se ausentará por motivos de salud. El empleador puede solicitarle que consulte al médico de empresa en situaciones de baja médica extensa. En Francia, sí que es precisa la baja médica,  bien en consulta física o bien por vía telemática.  En Austria, hay empresas que permiten a sus empleados ausentarse hasta 3 días en caso de enfermedad y otras que exigen certificado médico desde el primer día, pero para una baja oficial se requiere  acudir a una consulta médica cualquiera que sea su duración. Curiosamente, este país  tenía, a fecha de septiembre de 2023, 540 médicos en ejercicio por cada 100.000 habitantes, la mejor proporción de los 27, es decir, nada tiene que ver con la situación de nuestro país.

            ¿Pero realmente con la autobaja  se consiguiría el desahogo de la sanidad pública? En mi opinión personal evidentemente no.

            En conclusión:

– Desde el punto de vista jurídico, no tiene fundamento legal, salvo, evidentemente, que en los próximos días nos encontremos publicado en el BOE, un Decreto-Ley (algo muy habitual en los últimos tiempos), sin obviar que si ello sucediera, como ya he puesto de manifiesto, y comparto el argumento de los sindicatos, ello supondría no cumplir con la finalidad que persigue la  incapacidad temporal, que no es otro que recibir la asistencia sanitaria necesaria para el restablecimiento de la salud y poder incorporarse al puesto de trabajo.

– En relación con lo anterior, desde el punto de vista “procesal”, lo que a priori puede suponer una simplificación de la burocracia en el ámbito sanitario, podría desembocar en un aumento de conflictos laborales, y consecuentemente, de la conflictividad en la Administración de Justicia.

– Desde el punto de vista económico, ya hemos visto, el coste que podría suponer para las empresas.

            En resumen, no sería más que poner un parche a un mal endémico, que es el colapso de la sanidad pública nacional, que sólo se podría paliar con la debida inversión en medios materiales y personales (dicho sea de paso, y  como diría D. Francisco Umbral, vengo a hablar de mi libro- también necesaria en la Administración de Justicia).

María de las Nieves Rico Márquez

Supervivencia

Supervivencia

                   Pues  bien, me ha tocado finalizar el “año o curso judicial”, y tenía pensado un artículo jurídico profundo y sesudo, pero tres acontecimientos han hecho que haya decidido cambiar en el último momento.

                   El primero este calor sofocante que hace que mi cerebro y mis neuronas estén al 50%, y por ello pensé, a lo mejor los demás están igual que yo. Sinceramente, no me imagino  leyendo un artículo, que era muy bueno la verdad, sobre las bondades o cuestiones jurídicas  relacionadas con la jurisdicción social (perdonadme pero es que suelo venir a hablar de mi libro, como se suele decir) justo después de una sesión en el Juzgado o en un break junto a un café con hielo, como tampoco al pie de una playa o la montaña mientras disfrutáis de las ansiadas vacaciones.

                   El segundo y tercero  están relacionados. La Comisión Permanente del  CGPJ, tras el acuerdo del día 4 de julio de 2023 del Consejo de Ministros que declaró la finalización de la situación de crisis sanitaria provocada por el COVID-19, explicó que, a partir del  día 5, las medidas “COVID” quedaban privadas de eficacia. Casi de forma simultánea, una funcionaria de mi Juzgado entró en el despacho para darme cuenta de un escrito  por el que un Letrado de una provincia distinta a la de mi sede judicial solicitaba la celebración de  juicio telemático.

                   Pues bien, todo esto hizo que mi idea de artículo cambiara y escribiera el que ahora estáis leyendo, con el que os quiero sacar una sonrisa, o al menos intentarlo, para acabar  así este curso judicial tan convulso.

                   Retomo el tema. Tras la entrada de mi funcionaria al despacho, le pedí que me dejara el procedimiento y comencé a leer el escrito. En ese instante, mi mente se desplazó a otro momento. Os  sitúo.  Tarde calurosa de mayo de 2020 en Sevilla, en mi domicilio,  plena pandemia y confinamiento. Estaba en mi casa y llamé  por teléfono a una compañera de  Huelva. En esa conversación le transmití mi agobio por los juicios que se estaban suspendiendo, y la forma en que íbamos a ir retomando la entonces denominada “normalidad”, la fase 1, que no era uno sino 0 y su respuesta fue: “Pues yo no estoy suspendiendo nada. ¿Pero tú no estás celebrando con circuit?”.  A renglón seguido yo, sorprendida, le pregunté: “¿eso qué es?”  Yo me imaginaba algo como muy sideral, con muchos chips. Y así comenzó todo.

                   Ella, con una paciencia infinita, me explicó en qué consistía  y cómo lo podía hacer, pero que mejor me lo explicaba otro compañero de Córdoba. Pues nada, ahí que llamo al otro compañero de Córdoba para que me hablara de esta maravilla de programa y ahí nos veis a los tres haciendo una prueba, con nuestros portátiles, cada uno desde su casa, del famoso circuit.

                   ¡Por favor qué maravilla es ésta¡- pensé yo ingenua. Al día siguiente, me faltó el tiempo para hablar con mi LAJ y con la oficina para que empezáramos ya a funcionar con esta maravilla de programa, y que la  respectiva Consejería de Justicia no pondría problemas (claro era gratuito) y así empezó el periplo. Os cuento algunas, vamos a denominar, “eventualidades”.

                   Comenzamos  los juicios telemáticos. Yo estaba emocionada  ¡ya no voy a suspender más juicios! Abrimos el programa y tenía que clicar el enlace para hacer la videollamada y ya a partir de ahí lo que iba a pasar iba a ser todo un misterio, o cómo la sorpresa de los huevos kinder, nunca sabías lo que te iba a tocar. Había días que no había problemas, pero otros… Personas que se conectaban sin problema, pero otras que no había forma y entonces yo  soltaba mi “speech”: “Buenos días, perdone, pero es que no se le escucha o no se le ve bien. ¿Está usando Internet Explorer? Ah pues con ese no va bien, tiene que abrir el programa con el Google Chrome o con Firefox, por favor salga de la llamada e inténtelo de nuevo”. Entonces había un momento de espera y cuando se conectaba nuevamente, me sentía cual auxiliar de vuelo de aerolínea: “Buenos días, bienvenidos, por favor les pido que desconecten los micrófonos mientras las demás partes están hablando, recuerden que en la parte  inferior de sus pantallas tienen los símbolos de la cámara, que debe estar en verde, y un micrófono, que, igualmente, deberá estar en verde solo en el momento en que hablen. Muchas gracias”. Si aún así no funcionaba, “no se preocupe que ahora mismo le mando la URL”. No os asustéis la URL es un enlace de toda la vida, pero claro no suena igual.

                   Alguna vez que otra, aún así era imposible, y se veía en la pantalla a una persona moviendo los labios sin emitir sonido alguno. Yo le indicaba que no se oía nada, pero aún así  ella  insistía en seguir moviendo  la boca sin sonido alguno. En el cuadro de diálogo ubicado en la zona inferior de la pantalla podía escribir y en algún momento se intentó solicitar la suspensión. ¿Suspensión? ¿Yo? Aquello tenía que ir para adelante como fuera, y entonces imaginaos que al lado de mi cabeza  se abre un bocadillo, tipo cómic (al estilo de los del recientemente fallecido y admirado Francisco Ibáñez) con una bombilla. “Espere escriba su teléfono que le llamo desde la sala”. Y así desde el teléfono fijo de la sala de vistas se “daba voz” a la sesión muda del juicio telemático.

                   Luego venía el momento prueba. Claro los testigos no podían permanecer en la antesala, dadas sus dimensiones, sino que estaban en la calle a la espera de que el auxilio judicial les llamara. Pues ahí iban los pobres auxilios judiciales raudos y veloces por la escalera (el ascensor no era una opción y quien conozca el Edificio Noga de Sevilla sabrá por qué) a la busca y captura de los testigos que iban a declarar, quienes con paciencia infinita esperaban a la intemperie. De hecho, algún auxilio judicial comenzó a traer deportivas, pues en efecto, entre el “levantamiento de procedimientos” y  el step por sede judicial  no precisarían acudir a centro deportivo alguno ya hacían deporte en el trabajo.  Misión conseguida, testigo en la sala y comienza a  declarar. Oigo una voz  a través de la pantalla que me dice que no escucha. Ups ¿qué habrá pasado? Después de elucubraciones varias,  dilucidamos entre todos que el sonido de los micrófonos no estaban conectados a  mi portátil, que es desde el que se hacía la videollamada. Bueno, no pasa nada, de auxiliar de vuelo me paso a una modalidad especial de taquígrafa, reproduciendo lo que el/la testigo pudiera decir. Claro ese mismo problema se daba cuando un/a Letrado/a o Graduado/a Social estaba en sala y otro no. Pero se salvaban con esa labor de reproducción de aquello que  se decía.

                   Además del momento testigo, no os cuento  los incidentes con las documentales. En el  proceso laboral los documentos se aportan en el juicio. Cierto es que los profesionales,   colaboraron todos en facilitar la labor e intentaban enviarlo previamente por vía telemática, pero a veces no le era posible. Si era semipresencial el juicio y el documento  era igualmente “presencial”,  ahí iba yo enfocando el documento con la cámara del portátil para quien estuviera al otro lado pudiera leerlo, como podéis imaginar  tarea ardua, cuando no imposible. Y a veces se remitía el mismo día por Lexnet, pues ahí que iba yo a descargarlo en el portátil, y ahora, a modo de informática, compartía pantalla para que pudieran leer el documento. Pero los que estaban al otro lado   me tenían que ir indicando cuando terminaban de leer para ir bajando el documento con el cursor.

                   ¿Pensabáis que eso era todo?. ¡Nooo! Un día no funcionaba la grabación de Arconte, luego llamado Áurea, que es  el programa de grabación que se utiliza en los Juzgados de Andalucía (abro paréntesis porque  me gustaría conocer el nombre de la/s persona/s, Comité, Comisión, Equipo de Trabajo, o lo que sea que  dan nombre a los programas: Adriano, Arconte, Aúrea, Themis.. me los imagino reunidos pensando a ver qué nombre ponemos que sea algo entre Dios, algo místico, pero que a mí me suena un poco a Power Ranger), y con la ayuda de otros auxilios nos enteramos que en una máquina que hay en las salas de vistas había un botón rojo con el que, si se pulsaba,   se grababa todo, sin solución de continuidad. Imaginaos, el botón rojo. De auxiliar de vuelo, taquígrafa/intérprete, informática,  me sentía ahora como  en el período de la guerra fría, ese teléfono rojo que nadie se atrevía a utilizar. Pues bien, previamente a encomendarnos a todos los aúreas, adrianos y varios ¡¡¡¡pulsamos el botón rojo¡¡¡¡ al tiempo que pensábamos “que sea lo que Dios quiera”. ¡Y funcionó!

                   A veces, durante estos juicios telemáticos, me sentía un poco intrusa, porque  en  la mayoría de las ocasiones, nos introducíamos en los domicilios de los profesionales. Entrar en sus casas era algo similar a ver los programas de decoración  que  emiten en algunas cadenas de TV. Pudimos ver desde el salón de casas con ambientes  clásicos o minimalistas, hasta habitaciones infantiles/juveniles con decoraciones  adecuadas al usuario  de la habitación,  pasando por despachos con salas polivalentes, que tenían las mismas dimensiones que el archivo de mi Juzgado. Y evidentemente, también hubo  situaciones espontáneas y divertidas. En concreto, en un juicio, practicada la prueba, doy paso a la Letrada para que formulara conclusiones. Contestación: “Con la venia de Su Señoría y previamente a elevar a definitivas las conclusiones.– BUTANOOOOO, sonó de fondo, con el consiguiente tintinear de las bombonas  chocando unas contra otras para que  el vecindario supiera que era cierto que el camión del butano había llegado”. Hubo un silencio incómodo que duró unos segundos hasta que las risas afloraron, fue inevitable.

                   Todo ello intercalado con que al finalizar los juicios, si en la sala  había asistido alguna persona, había que llamar al personal de limpieza para que desinfectara todo (magníficas, encantadoras y eficientes todas  las limpiadoras que nos atendían, siempre con una sonrisa que se intuía a través de las mascarillas).

                   Pues así eran las sesiones de juicios, teniendo en cuenta que la media podía ser 12 juicios diarios, dos días a la semana os podéis hacer una idea de cómo fue. Finalizada la jornada, regresaba a casa sin energía, agotada y podía ocurrir que alguien de algún grupo de whatssap de la familia y/o amigas  dijera “¿hace una videollamada esta tarde?” En ese momento sudores fríos empezaban a surgir de mi frente. ¡NOOOOO! Vamos a hablar por teléfono, por favor, como toda la vida de Dios.  ¡Si Graham Bell levantara la cabeza!

                   Por ello, esos meses fui un poco de todo, Magistrada, informática, auxiliar de vuelo, intérprete/taquígrafa, pulsadora de botones rojos,  lo que me sirvió evitar más suspensiones de juicios, y fui una gran defensora de este sistema, pero en aquel momento. Llamadme clásica, pero donde esté la inmediación,  el juicio  con los profesionales en estrados, con las togas, dando la solemnidad y el empaque que el procedimiento se merece, y que a los que presidimos el juicio  nos permite una percepción real e inmediata de lo que allí sucede, de lo que dicen las partes y demás intervinientes en el proceso, y de lo que no se dice, del lenguaje no verbal.

                   En cualquier caso, no puedo terminar sin agradecer a los profesionales que pusieron   de su parte para salvar los juicios, todos aprendimos juntos y resolvimos juntos todos estos avatares, a todos los compañeros sin excepción, que con llamadas, whatssap íbamos resolviendo las dudas que nos surgían cada día.  Pero sobre todo y muy especialmente, a mis LAJs, Miguel y Auxiliadora, y todo el equipo de mi Juzgado, los que estuvieron en aquel momento y los que están ahora (Sara, Dolo, Reyes, Sol, Macarena, Elena, Lourdes, Marta, Baldo, Mónica, Toñi), que me acompañaron en aquella pequeña locura, y que  me siguen acompañando y sin los que mi trabajo no sería posible.

                   Espero no haber ofendido a nadie, si es así pido disculpas de antemano, no ha sido mi intención.

                   PD. Sé que os habéis quedado con la duda sobre si accedí a la celebración del juicio telemático, pues os lo dejo a vuestra imaginación.

                   Felices y merecidas vacaciones a todos.

EL TELETRABAJO ¡HA VENIDO PARA QUEDARSE?

EL TELETRABAJO ¡HA VENIDO PARA QUEDARSE?

                   “Pasadas las 9:30 horas, ella  por fin ha conseguido sentarse en el ordenador tras llevar a los niños al colegio. Ficha a través de la  correspondiente aplicación de la empresa  dispuesta a comenzar su jornada laboral.

                   Llega “la hora del café” y aprovecha para sacar del congelador la  cena para esta noche, y tiende la lavadora que puso a primera hora del día justo antes de salir de casa.

                   Suena un bip en su móvil. Es el grupo de whatsApp del trabajo: “¿alguien se apunta a una cerveza?” E inmediatamente  una cadena de sonidos confirman que varios se unen al grupo, pero ella contestará con el correspondiente emoji “en casa”.

                   ¡Ah¡ ¡Qué bien,  correo de la empresa con el plan de formación del año¡ ¡uf, es en Madrid¡ No podré ir. Espera, espera que hay un apartado de formación a distancia, ese es el que tendré que elegir”.

                   Hace escasos días  que se han cumplido tres años desde la declaración del Estado de alarma,  lo que supuso, no sólo la limitación en nuestra libertad de circulación, sino  también un cambio en la forma de trabajar, obligándonos a hacerlo desde casa. Es cierto que no era una novedad esta modalidad contractual,  pues tenía amparo en el art. 13 del Estatuto de los Trabajadores,  en su redacción originaria aprobada el 24.10.2015, pero su regulación y su utilización era muy residual. Con la pandemia se extendió su utilización, y desembocó en una regulación específica, en concreto la Ley 10/2021, 9 de julio de Trabajo a distancia, que se ha convertido, o al menos se ha intentado,  en un instrumento de  conciliación.

                   Como cuestión previa  es preciso recordar que no todo es teletrabajo. La referida Ley alude a tres conceptos: trabajo a distancia, teletrabajo y trabajo presencial, siendo éste último el concepto tradicional de trabajo en la sede de la empresa, mientras que trabajo a distancia  es aquél que de forma continua se presta servicios en el domicilio de la persona trabajadora o el lugar elegido por ésta, durante toda su jornada o parte de ella, y  el teletrabajo es el que se lleva a cabo mediante uso exclusivo o prevalente de medios o sistemas informáticos, telemáticos y de comunicación (art. 2 Ley 10/2021).

                   La nueva regulación permite a los trabajadores acceder a esta modalidad contractual de forma voluntaria, no estando condicionada a la excepcionalidad de la pandemia. Dicho de otro modo, que la empresa no podría negarse por el hecho de que ya no concurran  los cierres perimetrales o restricciones propias de aquélla,  por lo que habría que estar al caso concreto, y analizar las posibilidades organizativas del empleador así como el derecho de los trabajadores  al teletrabajo o trabajo a distancia.

                   Ahora bien, la nueva regulación ha dejado muchos flecos, que, por otra parte y sinceramente, considero hasta lógicos pues es difícil de regular una relación laboral en el que en  el ámbito específico en el que se desarrolla es el domicilio habitual del trabajador/a, donde se desenvuelve la intimidad  personal y familiar de éste,  por lo que el/la empresario/a tiene grandes dificultades para cumplir con la obligación legal de protección  en materia de seguridad y salud en el trabajo (art. 19 ET), así como con la facultad de dirección, organización y control de la actividad laboral (art. 20 ET).  Consecuentemente,  la solución  por la que apuesta la normativa es la voluntariedad  y el mutuo acuerdo de las partes (art. 5), remitiéndose igualmente  a la negociación colectiva.

                   Pero son muchas las interrogantes que se nos pueden plantear. A modo de ejemplo, ¿qué ocurre con los accidentes  ocurridos en el domicilio del trabajador/a? ¿Son siempre accidente de trabajo? La sentencia de Juzgado de lo Social nº 1 de Cáceres de 26.10.2022 analizaba el supuesto de una trabajadora, teleoperadora,  que teletrabaja y que al salir del cuarto de baño tropieza en el pasillo, durante la jornada de trabajo (no era controvertido dicho aspecto) y se cae, resultando con traumatismo en el codo y en la parrilla costal derecha, que deriva en incapacidad temporal por accidente no laboral. La trabajadora interpone demanda para impugnar la contingencia solicitando que se declarara que deriva de accidente de trabajo. La sentencia plantea, creo que acertadamente,  que debemos replantearnos el concepto de accidente de trabajo ante esta nueva realidad, y aunque la trabajadora no estuviera sentada frente al ordenador no significa que no deba ser considerado como accidente de trabajo, pues en el mismo caso, si hubiera sucedido en la sede de la empresa, no habría duda de que se calificaría como contingencia profesional, por lo que el Juzgado termina dando la razón a la trabajadora.

                   Este caso, sin embargo, casi podría calificarse de sencilla la solución, ¿pero y aquellos supuestos en que se cuestiona incluso cuándo o a qué hora tuvo lugar el accidente? ¿cómo podría acreditarlo el/la trabajador/a?  Es evidente la dificultad probatoria para la persona trabajadora, si bien  siempre podría invocar la presunción  de accidente de trabajo que recoge el art. 156.3 de la Ley General de la Seguridad Social.

                   En otro orden de cosas ¿de qué modo el empleador puede realizar la evaluación de riesgos en el centro de trabajo?, ¿cómo controla que de forma efectiva el/la trabajador/a realiza su trabajo?, ¿qué gastos y en qué cuantía debe abonar el empleador, por ej. agua, luz, internet..?  Durante nuestra jornada es evidente que se utiliza internet, luz, calefacción, que luego también se usan  fuera del horario laboral, en nuestro ámbito  privado. ¿Cómo se puede cuantificar o en qué proporción  se debe abonar por el empresario/a los gastos citados? No podemos olvidar que la Ley  10/2021   fija como contenido mínimo del contrato de trabajo, cuya formalidad escrita es obligatoria (art. 6), el del inventario de bienes y enseres,  la enumeración de gastos que han de ser sufragados, el  horario que debe regir la relación laboral, pero no fija unos mínimos o de qué modo se puede cuantificar,  qué porcentaje de esos gastos que debe ser  retribuido por el empleador/a, dejándolo nuevamente a la voluntad de las partes, pudiendo reclamar la persona trabajadora, en última instancia, los gastos por vía judicial.

                   Aún son escasos los pronunciamientos judiciales en la materia,  y los que  existen, en su mayoría, versan sobre el reconocimiento del derecho al teletrabajo o la modificación de sus condiciones, y no tanto sobre cuestiones concretas de la relación laboral relacionadas con la jornada, control horario, reclamación de gastos, etc.

                   En conclusión, ¿el teletrabajo o trabajo a distancia ha sido útil?, ¿qué implantación ha tenido en nuestro país?, ¿qué ventajas o inconvenientes tiene?

                   En un estudio realizado por el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI) sobre el Teletrabajo en España antes, durante y después de la pandemia 2022   se alcanzan conclusiones como que España era el país menos preparado para afrontar el trabajo a distancia, de forma que sólo el 7,3% teletrabajaba a diario, un 5,3% lo hacía varias veces a la semana y un 4,6% varias veces al mes antes de la pandemia. Evidentemente, con la misma estos datos variaron, de forma que en la primavera de 2021 se teletrabajaba una media de 15 horas semanales, similar a países como Italia, Polonia o Estonia.  La posibilidad de teletrabajar  inevitablemente va ligada a la profesiones dependientes del ordenador e internet y en un país como el nuestro, en el que el sector turístico es esencial es comprensible que no supusiera, ni suponga un modelo, en mi opinión, que vaya a imponerse. Además, por género, las mujeres siguen optando más por el teletrabajo que los hombres, llegando a crecer del 8,3% al 8,6%, mientras que los hombres pasó de un 7,7% al 7,3%. Finalmente, por edades, el grupo donde esta modalidad  es más común es en la población  de menos de 45 años: los mayores de 55 años un 6,4%,  entre los 45 y 54 años un 6,5%,  entre los 35 y 44 años registró un  8,6%, entre los 25 y 34 años un 8,2%.

                   ¿Es por tanto el teletrabajo una cuestión de mujeres de cierta edad?

                   Parece que sí y de ahí la historia con la comencé este artículo, fiel reflejo de la situación descrita en el estudio. Así las cosas, el  teletrabajo, a priori,  es la panacea,  permite   la conciliación entre la vida personal y laboral, pero no es  oro todo lo que reluce, y además de los problemas jurídicos evidenciados, son múltiples los riesgos psicosociales que conlleva, pues pueden  derivar en un aislamiento físico y social, estado de soledad, problemas de interacción con compañeros y/o superiores, que podrían convertir a la trabajadora de la historia en “invisible” no sólo en el día a día de su oficina, sino incluso para  procesos de promoción profesional, impidiendo acceder a ascensos, desembocando en la temida “brecha salarial”.

                   Soy consciente de que al final de este artículo puede que haya generado a  los lectores más dudas que soluciones al tema planteado, quizás por ello lo elegí, para hacerles reflexionar sobre ello, y de ahí que el título  elegido no sea un error gramatical, pues en marzo de 2019 comenzamos alabando la  bonanza del teletrabajo, pero a día de hoy  para mí es una interrogante de si es el modelo perfecto.