{"id":1490,"date":"2026-10-22T07:02:21","date_gmt":"2026-10-22T07:02:21","guid":{"rendered":"https:\/\/enjusticia.es\/?p=1490"},"modified":"2026-10-22T07:02:25","modified_gmt":"2026-10-22T07:02:25","slug":"el-derecho-a-la-ultima-palabra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/enjusticia.es\/?p=1490","title":{"rendered":"EL \u201cDERECHO\u201d A LA \u00daLTIMA PALABRA"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay una satisfacci\u00f3n peque\u00f1a, algo mezquina y bastante universal en tener la \u00faltima palabra. No hace falta que sea brillante. Ni siquiera que a\u00f1ada nada. Basta con que llegue despu\u00e9s de la del otro. Un \u201cpues eso\u201d, un \u201ct\u00fa sabr\u00e1s\u201d o ese \u201cvale\u201d que, seg\u00fan c\u00f3mo se pronuncie, puede significar cualquier cosa menos conformidad. La conversaci\u00f3n ha terminado, pero alguien ha dejado una bandera clavada en el terreno. No necesariamente tiene raz\u00f3n. Simplemente ha hablado el \u00faltimo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Para quienes trabajamos decidiendo controversias, el asunto tiene su gracia. En el trabajo nos corresponde resolver pero fuera de \u00e9l, conviene recordar que nadie nos ha atribuido competencia sobre la elecci\u00f3n del restaurante o la temperatura del aire acondicionado. Aunque a veces actuemos como si el nombramiento incluyera esas materias. Pero ejercer una profesi\u00f3n en la que hay que adoptar decisiones ofrece buenas oportunidades para confundir dos cosas bastante distintas: tener la responsabilidad de concluir y sentir la necesidad de imponerse.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La \u00faltima palabra rara vez se presenta como un capricho. Suele venir acompa\u00f1ada de una justificaci\u00f3n impecable: \u201cSolo quer\u00eda aclarar una cosa\u201d. Y qui\u00e9n podr\u00eda oponerse a una aclaraci\u00f3n. Aclarar es bueno. Casi un servicio p\u00fablico. El problema aparece cuando llevamos veinte minutos aclarando y la otra persona empieza a recoger la mesa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tambi\u00e9n est\u00e1n las variantes: \u201cNo, si yo no quiero discutir, pero\u2026\u201d, \u201cD\u00e9jame que termine\u201d y \u201cLo \u00fanico que digo es\u2026\u201d. Esta \u00faltima tiene mucho m\u00e9rito, porque suele introducir el cuarto argumento de una intervenci\u00f3n que comenz\u00f3 anunciando que solo iba a decir una cosa. En ocasiones, la conversaci\u00f3n podr\u00eda terminar perfectamente antes de nuestra siguiente frase. El asunto est\u00e1 entendido. Las posiciones son conocidas. No hay ninguna informaci\u00f3n nueva. Pero queda una peque\u00f1a incomodidad: el otro ha dicho algo que no queremos dejar sin respuesta. Y como en estas conversaciones nada precluye, todav\u00eda podemos estar meti\u00e9ndonos en la cama cuando se nos ocurre un \u201cpor cierto, sobre lo de antes\u2026\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y ah\u00ed regresamos. No para mejorar la conversaci\u00f3n (que va), sino para corregir su desenlace. Como si el silencio posterior pudiera interpretarse como una aceptaci\u00f3n \u00edntegra de lo manifestado de contrario. Lo curioso es que nosotros mismos rara vez concedemos ese valor al silencio ajeno. Si alguien deja de contestarnos, podemos pensar que se ha cansado, que tiene prisa o que est\u00e1 mirando el horno. Pero si somos nosotros quienes callamos, imaginamos que acabamos de perder una discusi\u00f3n \u00e9pica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el proceso penal, el derecho a la \u00faltima palabra tiene un sentido bastante m\u00e1s serio. El art\u00edculo 739 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal ofrece al acusado la posibilidad de dirigirse personalmente al tribunal una vez terminadas la acusaci\u00f3n y la defensa. No es una cortes\u00eda ni un premio a la insistencia, sino una garant\u00eda de autodefensa: la oportunidad de a\u00f1adir, matizar o rectificar lo que considere necesario antes de que el tribunal decida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La diferencia con nuestras conversaciones merece alguna atenci\u00f3n. All\u00ed se garantiza que una persona pueda defenderse. Aqu\u00ed, a veces, lo que pretendemos defender es nuestra posici\u00f3n al final de la conversaci\u00f3n. No tememos que nadie nos condene. Nos inquieta algo mucho m\u00e1s cotidiano: \u00a1que el otro se marche sin reconocer que ten\u00edamos raz\u00f3n!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Adem\u00e1s, en el juicio hay un turno final. En ciertas discusiones dom\u00e9sticas, en cambio, cada intervenci\u00f3n inaugura el derecho a otra \u00faltima palabra. Y a la \u00faltima de la \u00faltima&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por supuesto, hay conversaciones que necesitan una decisi\u00f3n: alguien debe elegir una fecha, cerrar un presupuesto o determinar qui\u00e9n recoge a los ni\u00f1os. La convivencia tampoco puede funcionar dejando todos los asuntos pendientes de una reflexi\u00f3n m\u00e1s profunda. Pero otras conversaciones permiten que dos personas sigan pensando cosas distintas. Podemos discrepar sobre una pel\u00edcula sin fijar cu\u00e1l es su valor definitivo. Podemos recordar de manera diferente unas vacaciones. Incluso cabe la posibilidad, dif\u00edcil pero real, de que a alguien le guste un restaurante que a nosotros nos parece sobrevalorado y la amistad sobreviva sin necesidad de una inspecci\u00f3n conjunta de sus rese\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Seamos sinceros, lo que cuesta aceptar no siempre es que el otro no nos haya entendido. A veces nos ha entendido perfectamente. Podr\u00eda resumir nuestra posici\u00f3n, reproducir nuestros ejemplos y anticipar lo que vamos a decir a continuaci\u00f3n. Sencillamente, no est\u00e1 de acuerdo. Y esa posibilidad nos incomoda m\u00e1s de lo que nos gusta reconocer. Porque obliga a admitir que nuestra explicaci\u00f3n puede ser clara, nuestro argumento razonable y nuestra convicci\u00f3n sincera, sin que de todo ello nazca una obligaci\u00f3n ajena de darnos la raz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u00a1Ay! La soberbia suele encontrar aqu\u00ed una forma bastante discreta de manifestarse. No necesita proclamar que somos superiores. Le basta con sugerirnos que, si el otro sigue discrepando, todav\u00eda queda algo que debemos explicarle. Repetimos el argumento con otras palabras, aportamos un ejemplo, buscamos una comparaci\u00f3n. Cuando nada de eso funciona, hablamos un poco m\u00e1s alto, como si la discrepancia fuera un problema de audici\u00f3n. Naturalmente, tambi\u00e9n podemos tener raz\u00f3n. Pero tener raz\u00f3n sobre el asunto discutido no nos concede un derecho de ocupaci\u00f3n indefinida de la conversaci\u00f3n. Ni convierte al interlocutor en alguien que deba permanecer all\u00ed hasta que \u201cfirme su conformidad\u201d. A veces no queremos ya que el otro comprenda nuestra postura. Queremos presenciar su rendici\u00f3n. Nos bastar\u00eda un \u201cs\u00ed, tienes raz\u00f3n\u201d, aunque lo dijera mirando el reloj y con la misma convicci\u00f3n con la que se aceptan las condiciones de uso de una aplicaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Quiz\u00e1 ah\u00ed est\u00e9 la diferencia m\u00e1s reveladora con el derecho a la \u00faltima palabra del acusado: se le garantiza que el tribunal escuche lo que tenga que decir en su defensa, pero no que comparta su versi\u00f3n. En nuestras conversaciones, en cambio, a veces entendemos que el otro solo nos ha escuchado de verdad si acaba d\u00e1ndonos la raz\u00f3n; si sigue discrepando, empezamos a pensar que habr\u00e1 que explic\u00e1rselo otra vez.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero, oye, renunciar a ese control no significa callar siempre. Sigue siendo cierto que hay afirmaciones que deben discutirse, l\u00edmites que conviene expresar con claridad y asuntos que no pueden abandonarse con un encogimiento de hombros, y tampoco se trata de pensar que todas las opiniones pesan lo mismo, porque no pesan lo mismo. Pero defender una posici\u00f3n con firmeza es una cosa y prolongar una conversaci\u00f3n hasta que el otro se canse es otra bastante distinta, una diferencia que reconocemos enseguida en los dem\u00e1s y que, curiosamente, se nos escapa cuando somos nosotros los que tenemos ganas de seguir.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En esos momentos ayuda una pregunta poco solemne: \u00bfnuestra siguiente frase aporta algo o solo nos deja m\u00e1s a gusto? Si aporta un dato, aclara un malentendido o expresa algo importante que todav\u00eda no hemos dicho, tiene todo el sentido pronunciarla. Si \u00fanicamente repite lo ya dicho con una formulaci\u00f3n algo m\u00e1s contundente, puede que lo que necesite defensa ya no sea el argumento, sino otra cosa que se parece mucho al amor propio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y los que dedicamos el d\u00eda a resolver controversias quiz\u00e1 debamos empezar por aceptar que no todas las diferencias necesitan una resoluci\u00f3n, ni nos corresponde dictarla siempre. Fuera del trabajo podemos escuchar sin corregir, discrepar sin reconducir y dejar que alguien conserve una opini\u00f3n que no compartimos, incluso cuando seguimos convencidos de que la nuestra es mejor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tambi\u00e9n el acusado puede optar por no a\u00f1adir nada: tener derecho a la \u00faltima palabra no obliga a utilizarla. Fuera del juicio nos cuesta dejar pasar ese turno imaginario, sobre todo cuando ya tenemos preparada una r\u00e9plica que nos parece estupenda. Dec\u00eda Marco Poncio Cat\u00f3n que<em>\u201cLa primera virtud es frenar la lengua<\/em>; <em>y es casi un Dios quien, teniendo raz\u00f3n, sabe callarse\u201d.<\/em> No pide tanto: nos bastar\u00eda con callarnos alguna vez sin tener del todo la raz\u00f3n, y con dejar, de vez en cuando, que la \u00faltima palabra la ponga otro.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Alicia D\u00edaz-Santos Salcedo<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Magistrada. Sala de lo Contencioso-Administrativo del TSJ de Andaluc\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay una satisfacci\u00f3n peque\u00f1a, algo mezquina y bastante universal en tener la \u00faltima palabra. No hace falta que sea brillante. Ni siquiera que a\u00f1ada nada. 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