Browsed by
Autor: Jerónimo Pedrosa del Pino

¿GUERRA Y PAZ?

¿GUERRA Y PAZ?

El Caos (la historia en acción según Carlyle), la brutalidad y el sufrimiento derivan de LA GUERRA.

El Equilibrio en el Amor, en la Familia y en la Sociedad, tanto a nivel personal como social, son fuente de PAZ.

“GUERRA Y PAZ. LA GUERRA Y LA PAZ”.

Son dos sustantivos, de rabiosa actualidad y que existen desde siempre.

Hilos de tinta se han escrito.

Frases tales como «He tomado la decisión de una operación militar»; «Las repúblicas populares de Donbás se dirigieron a Rusia con una solicitud de ayuda»; «Cuando el nivel de amenaza para nuestro país aumenta significativamente, Rusia tiene todo el derecho a tomar contramedidas para garantizar su propia seguridad» o «El objetivo es desmilitarizar y desnazificar a Ucrania»; «A aquellos que se apoderaron y mantienen el poder en Kiev, les exigimos inmediatamente terminar las hostilidades»; «Intenten interferir con nosotros, deben saber que la respuesta de Rusia será inmediata y conducirá a consecuencias que no han conocido jamás» o «Toda la responsabilidad por el derramamiento de sangre recaerá sobre la conciencia del régimen gobernante en Ucrania», han sido empleadas por Vladimir Putin.

Entre 1865 y 1869 se publicaron los cuatros volúmenes de la obra maestra de León Tolstoi Guerra y Paz”. Ambientada en la Rusia zarista de la dinastía Romanov de principios del Siglo XIX y en la invasión napoleónica, en el curso del normal desenvolvimiento de los personajes de la obra, de las batallas y de la vida militar misma, trata temas tan trascendentales para el ser humano como el destino, la libre voluntad, la búsqueda de significación vital, la determinación, el Amor y las relaciones humanas, la sociedad y las clases sociales, la naturaleza de la Guerra caracterizada por la total desconexión entre las decisiones que adoptan los líderes y las experiencias de los soldados comunes y de los ciudadanos, las rutinas diarias, los eventos y la cotidianeidad en tiempos de Paz y la Historia  y su interpretación entendida, no como el resultado de grandes hombres y decisiones individuales ejemplarizantes, sino como un proceso complejo en el que innumerables factores y distintas fuerzas colectivas, influyen.

El uso de la fuerza es una constante en la historia humana, tanto por parte de los Estados, como por parte de los ciudadanos.

Hay frases tan explícitas que así lo atestiguan como aquella que refiere que “la Guerra nace del instinto humano, se perfecciona con la cultura y se legitima con la razón”.

Los conflictos violentos entre grupos humanos se remontan a hace al menos 12.000 años, durante la era de los cazadores-recolectores. La defensa territorial y la violencia estratégica están en sus entrañas y en su razón de ser.

En China, la filosofía oriental, durante la dinastía Zhou, (1.046 a.C.-25 a.C.) generó una gran cantidad de trabajos sobre la Guerra. Y ello, siempre, bajo el paradigma básico de que no se podía cuestionar las decisiones del Emperador.

Platón (427 a.C.-347 a. C), en su obra “La República”, de forma tangencial, exponiendo  su teoría sobre el Estado ideal y la justicia política, sostiene que “una sociedad bien ordenada y, por ende, justa, es aquella en la que cada uno ocupaba el lugar en función de su alma”. Sea cual sea el mecanismo con el que una sociedad se ordene, toda sociedad tiende a la Paz. La Guerra debe ser un acto de Justicia cuando se lleve a cabo por un rey filósofo que atesora el conocimiento y la sabiduría necesarias para guiar a su ciudad con justicia.

Aristóteles (384 a.C.- 322 a.C.) sostenía la conveniencia y la Justicia de los que denominaba “esclavos naturales” y concebía que “la Guerra es una oportunidad para la virtud, siempre y cuando se elija por el bien de la Paz, frente al ocio que acompaña a ésta”.

En Roma, la explicación más clara de la teoría de Guerra “justa” la encontramos en la obra De officiis (De oficios) deCicerón ,Marco Tulio (106 a.C.-43 a.C.) Libro 1, secciones 1.11.33-1.13.41). Configura como causas legítimas para hacer la Guerra, la defensa propia, la protección de los inocentes ante una situación de daño grave y la rectificación misma de una injusticia también grave.

Para San Agustín, Agustín de Hipona (354-430), con un trasfondo platónico, la noción de “orden” reviste una importancia especial. Concibe que “orden” y Paz son sinónimos y que ambos son “La disposición de los seres iguales y desiguales, ocupando cada uno el lugar que le corresponde en función de su propia alma. Toda sociedad ordenada, tiende a la Paz”. Consideraba que toda Guerra es malvada y que atacar y saquear a otros estados es injusto, pero sí que aceptaba la existencia de una “Guerra justa» librada por una causa justa, como elemento básico para defender al Estado de una agresión o restaurar la Paz. Su pensamiento se refleja en frases célebres como: “Dios ha dado la espada al gobierno por una buena razón” o “la defensa de uno mismo o de otros podría ser una necesidad, especialmente cuando está ordenada por una autoridad legítima”.

Santo Tomás de Aquino (1224-1274) desarrolla estas ideas sobre la Guerra “justa” de San Agustín y aclara que, para que la Guerra sea “justa”, se requieren tres condiciones.

La primera de ellas es que la Guerra se despliegue bajo el mandato del “Príncipe” sin que incumba a la persona particular declarar la Guerra porque no puede hacer valer su derecho ante tribunal superior; además y no tiene competencia para convocar a la colectividad. Al “Príncipe” le incumbe defender el bien público con la espada de la Guerra contra los enemigos externos si es menester.

La segunda es que se requiere “causa justa”, esto es, que quienes son atacados lo merezcan por alguna causa.

Tercera condición. Se requiere que sea recta la intención de los contendientes; es decir, que su intención esté encaminada a promover el Bien o a evitar el Mal.

El salmantino Francisco de Vitoria (1483-1546)  escribió en 1538 su obra Reelecciones del Estado, de los indios, y del derecho de la guerra. En esta obra formuló los títulos jurídicos para legitimar la ocupación española en Las Américas. En La Reelección Segunda desarrolla una teoría general del derecho a la Guerra siendo que su exposición se divide en cuatro proposiciones: a) la licitud de las Guerras para los cristianos; b) la autoridad competente para declarar y hacer la Guerra; c) causas justas de la Guerra y d) actos lícitos contra el enemigo en la Guerra. Defendía que la única causa justa de la Guerra es la defensa ante una injuria grave, siempre subordinada al Bien Común y a la proporcionalidad en orden a restaurar la Paz (hablaba de la “Paz dinámica”). Distinguía entre “ius ad bellum” entendida como justificación para iniciar la Guerra y el “ius in bello”, esto es, la conducta durante la Guerra y defendió los “derechos naturales universales”. Su obra “De iure belli” y sus relecciones sobre los indios sentaron las bases del derecho internacional moderno y de los derechos humanos influyendo de forma decisiva en la regulación ética de los conflictos armados y en la teoría política posterior. También estableció la distinción entre los denominados “enunciados de precepto” y “enunciados de consejo”. Como precepto acepta que la Guerra está prohibida para los cristianos por las sagradas escrituras. Como enunciado de consejo argumenta que es lícito para los cristianos hacer la Guerra, para lo que se basa en las palabras que San Juan Bautista dirige a los soldados: “no maltraten ni hagan daño” y, en el comentario de San Agustín a éstas: «si la religión cristiana prohibiera totalmente las Guerras se les hubiese ordenado dejar las armas”.

Contemporáneo de Francisco de Vitoria lo fue Thomas More, Santo Tomás Moro, (1478- 1535). Durante su estancia en Flandes escribió su obra “Utopía” (año 1.516) en la que, inspirándose en “La República” de Platón y desde una visión humanista y filosófica en la isla imaginaria “sin lugar”, combinó críticamente la sociedad y la política de su tiempo. En términos generales, esta obra nos invita a reflexionar sobre la Justicia y el trabajo y el respeto a la ley natural y también contiene manifestaciones explícitas sobre el curso de la Guerra y de la Paz. En esta obra se recogen frases tales como La mayoría de los príncipes piensan y se ocupan más de los asuntos militares, de los que nada sé ni quiero saber, que del buen gobierno de la Paz. Lo que les importa es saber cómo adquirir -con buenas o malas artes- nuevos dominios, sin preocuparse para nada de gobernar bien los que ya tienen”, y añade: “Todos los preparativos de la Guerra en que tantas naciones se empeñan no hacen sino esquilmar a los pueblos, y agotan sus recursos para después de algún efímero triunfo, terminar en total fracaso”. Los habitantes de Utopía, la república ideal descrita por Santo Tomás Moro, “abominan la Guerra de todo corazón”. 

Recordemos que, aunque contó con la amistad y fue bastante tiempo la mano derecha del rey Enrique VIII de Inglaterra, se opuso a la reforma protestante y al divorcio entre Enrique y Catalina de Aragón, se negó a asistir a la coronación de Ana Bolena como reina de Inglaterra y se negó a jurar el “Acta de Supremacía” que establecía que el propio rey y sus sucesores eran en los sucesivo la cabeza de la Iglesia en Inglaterra por encima del Papa. Fue acusado de alta traición y hecho preso en la Torre de Londres. Fue enjuiciado y decapitado por orden del Rey. Su cabeza fue hervida antes de impregnarla de alquitrán para que aguantara sin descomponerse en una pica a la vista de todos para que “aprendieran” la lección. Su cuerpo está enterrado en la Torre de Londres mientras que su cabeza se conserva en la Iglesia de San Dunstan, Canterbury. Es mártir tanto para la Iglesia Católica, con el Papa León XIII (año 1886), como para la Protestante (año 1980).

De suyo, con la aparición del Estado moderno, siglos XV y XVI, se pasó a imponer la convicción de que el Estado es el único que puede utilizar la fuerza y que es el único que tiene el monopolio legítimo de uso.

La aparición del Estado moderno en Europa supuso el inicio de una concepción de la política basada en códigos de conducta, reglas y leyes que todos debían respetar. Ello, no obstante, el Estado de Derecho y la Democracia, como ejes organizadores de la convivencia tal y como los conocemos, no se asentaron en Europa, de manera efectiva, hasta los Siglos XIX y XX.

Y es que, el ímpetu principal del desarrollo del Estado, como institución fiscal, viene también de la Guerra.

Decía Balsac, Robert de (1.440-1.503) que “El éxito de la Guerra depende, sobre todo, del dinero suficiente para sustentar cualquiera de las necesidades que requiera la empresa”.

Casi en todo el desarrollo temporal histórico, la suma de dinero disponible por parte del Estado, esto es, del “tesoro nacional”, ha sido casi siempre inferior a los costes mismos de la Guerra. De ahí, que haya existido siempre la necesidad de buscar líneas de financiación.

Una frase. “Su Majestad Carlos I de España y V de Alemania (del Sacro Imperio Romano Germánico) (1.500-1.558), es el mayor príncipe de de la Cristiandad, pero no puede emprender una Guerra en nombre de toda la Cristiandad hasta que no posea los medios necesarios para conducirla a una victoria cierta”.  Recordemos que el Rey Carlos se alzó “Emperador” con el apoyo financiero, entre otros, “del banquero Rico” del momento, de Jacob Fugger. Natural de Augsburgo, Baviera, Alemania en el año 1.519 le prestó dinero al Rey Carlos para atender, entre otros empréstitos, la compra de los votos de algunos electores para alcanzar la suficiencia y ser nombrado “Emperador del Sacro Imperio”. Toda “ayuda” se traduce en la correspondiente “contraprestación” que en este caso particular se tradujo en la concesión a “los Fugger” del arriendo de las rentas de los maestrazgos de órdenes militares españoles (entre ellas de la Orden de la Calatrava con sede en Almagro) y/o la explotación de las minas de uranio de Almadén, imprescindible para conseguir “oro”.

El desarrollo del Estado-Nación, en términos económicos, lo explica con total detalle Niall Ferguson, historiador y catedrático de Harvard, en su obra “Economía y Poder” (ISBN: 84-306-0440-5; “Taurus, Madrid. Año 2001”). Plantea Ferguson, como los hacen otros historiadores economicistas, que es oportuna y necesaria “la cuadratura del círculo” en el que el desarrollo de los Estados-nación, haciendo uso de la Guerra, precisan:

a) Primero, de la Burocracia necesaria para que el Estado pueda desplegar y ejecutar todo su Poder magnánime;

b) Segundo, del Fiscal, esto es, de la fiscalidad dirigida a recaudar todo lo necesario para seguir haciendo la Guerra y para lo que se necesita, a su vez, al Parlamento, en orden a articular normativamente, legitimando y ejecutando, todas las disposiciones tanto de la Burocracia como del Fisco;

c) Tercero, de la Deuda Pública para sufragar, entre otros, todos los gastos de la Guerra y

d) Cuarto, del Banco Central o de los Bancos Centrales para que sirvan y funcionen como “prestamistas de último recurso” para atender, también y entre otros, los ingentes gastos de la Guerra.

La raíz de estas cuatro instituciones la encontramos, en Gran Bretaña, justo después de la Revolución Gloriosa (1688-1689) que supuso la consolidación de la monarquía parlamentaria, la limitación de los poderes del Rey y el consiguiente fortalecimiento del Parlamento. También permitió objetivar el potencial real de combinar la ecuación Burocracia-Fiscalidad-Parlamento-Deuda Pública y Banco Central (el Banco de Inglaterra).

La Dirección Impositiva, el Parlamento, la Deuda nacional y el Banco de Inglaterra formaron un “cuadrado del poder” institucional superior a cualquier otra organización alternativa.

La necesidad de una Burocracia eficiente dedicada a la recaudación impositiva precisa, además, de un sistema formal de Educación que asegure una provisión adecuada de funcionarios públicos bien preparados. En segundo lugar, la existencia de un Parlamento aumenta, de forma paralela, la calidad de la legislación en la esfera de los Derechos de Propiedad Privada. En tercer lugar, el desarrollo de un complejo sistema de empréstitos públicos mediante una Deuda Nacional asentada alimenta la innovación financiera en el sector privado; más allá de excluir la inversión privada, se amplia y profundiza en el mercado de capitales creando nuevas oportunidades de emisión e intercambio comercial de bonos y obligaciones, sobre todo en épocas de Paz cuando el Estado ya no necesitaba pedir préstamos. Finalmente, un Banco Central, con monopolio sobre la emisión de moneda y la cuenta corriente del gobierno, puede desarrollar funciones que tienden a estabilizar el sistema de crédito en su totalidad reduciendo el riesgo de crisis financiera o de pánicos bancarios.

Harto conocido es que todos los gobiernos actúan e intervienen sobre estas “Cuatro Patas del Poder” y que la mayoría tienen además la tentación de manipular la política fiscal y, si pueden, también, la política monetaria para reforzar su Poder. Otrora, también extienden sus tentáculos sobre el Poder Judicial alterando “El espíritu de las leyes” del que hablaba Montesquieu, barón de (Charles Louis de Secondat), en su obra publicada en el año 1748.

Como vengo refiriendo, una parte importante de la historia de las finanzas transita en los intentos por tratar de disminuir la brecha que existía entre la disponibilidad de renta real del Estado y las necesidades económicas que precisa el practicar la Guerra. Tras muchos siglos en los que el papel del coste de la Guerra ha ejercido la mayor de las influencias posibles en los presupuestos estatales, se pasó, a mediados del siglo XX y tras la Segunda Guerra Mundial, con los Acuerdos de Bretton Woods (Nuevo Hampshire, Estados Unidos; 1.944) y con la entrada en funcionamiento del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en el año 1.946, a “hacer la Paz” y a atender y costear, el que venimos en denominar “Estado de Bienestar”.

Y es que, otro gran problema que han tenido siempre los estados democráticos es que carecen de la voluntad política necesaria para valerse plenamente de la fuerza “militar” y legitimarla. Esto es, cuando no existe una amenaza externa urgente, los regímenes democráticos prefieren retirar sus recursos de las fuerzas armadas y valerse más del sistema fiscal para lograr una redistribución interna. Prefieren el “Estado de Bienestar al Estado de Guerra”. Esta tendencia de las democracias a la desmilitarización las expone a las amenazas de las autocracias que, aunque inferiores a un nivel productivo, tienen a corto plazo una mayor capacidad destructiva.

La revolución neoconservadora fue impulsada por la administración de Thatcher, Margaret (1979-1990) fue clave en la aceleración de las políticas públicas y contribuyó a la globalización financiera. Thatcher y Reagan marcaron una tendencia de cambio clara. Se pasó del dominio del Estado al del Mercado siguiendo las propuestas de las economías monetaristas y neoliberales tendentes a la desregulación de la economía mundial inspiradas en los postulados de Hayek y/o Friedman. Se inició entonces el denominado “Big Bang” londinense; año1986.

         Pasamos del dominio del Estado al del Mercado y al dominio de un Mercado que es, además, Tecnológico, Digital e Individual.

Basta con observar cómo se comportan los individuos y los ciudadanos.  En la que venimos en denominar “social media” existen comunidades virtuales que simulan vínculos sin generarlos, hay burbujas de opinión que refuerzan las convicciones propias sin exponerlas a la fricción del desacuerdo real, hay métricas de popularidad en las redes sociales que convierten y sustituyen el validar lo ajeno por el reconocimiento genuino y propio… Todo eso inmediato y pasajero. Hacemos lectura de todo, en diagonal. Tenemos una sociedad puramente orwelliana (“La Guerra es la Paz”, George Orwell, 1984) en la que se manipula la información, se practica la vigilancia masiva y la represión política y social.

Parecía que el impacto de la Covid-19 iba a entretejer lazos nuevos de solidaridad en pos de la comunidad y la ayuda al prójimo. No ha sido así. Los indicadores de soledad (me acuerdo al escribir esto de “los mayores”), de desconexión social e incluso de malestar psicológico no dejan de crecer; sobre todo, en los países más ricos del mundo. Existe una “ilusión de conexión” que lo único que hace es servir de coartada para el “aislamiento real”.

Cierto es que las democracias contemporáneas han perfeccionado la oferta de bienestar privado (servicios personalizados, entretenimientos a la carta, comodidad material, en definitiva) pero confundimos ya el confort individual con la felicidad colectiva.

En este punto os invito a leer la obra “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville (1.805-1.859), precursor del liberalismo conservador. Tras pasar nueve años recorriendo los Estados Unidos de América en 1.831 mientras “estudiaba el sistema penitenciario americano” pasó a entender cómo funcionaba realmente la democracia joven norteamericana. Entendió Tocqueville que Quien se repliega sobre sí mismo en busca de bienestar, no solo no lo encuentra, sino que, paradójicamente, pasa a ser el más desdichado de los hombres” y que “la Felicidad, en su esquema, no es un asunto privado, sino que es, fundamentalmente, un proyecto compartido”. Al otro lado del Atlántico no encontró Tocqueville el paraíso democrático que algunos imaginaban desde Europa, pero tampoco el caos que otros temían. La sociedad norteamericana había conseguido resolver el problema de la igualdad formal, pero surgen tensiones internas. Se habían rotos los vínculos que en las sociedades aristocráticas unían a los individuos por encimas de sus intereses inmediatos, pero ahora, sin esos vínculos, los individuos se quedan flotando en un limbo, en un espacio social vacío en el que lo único que basta es el YO.

“Mientras que el egoísmo es un vicio antiguo, universal y reconocible, el individualismo, en cambio, es un repliegue tranquilo y aparentemente razonable del ciudadano hacia su familia cercana y sus intereses privados, convencido de que con eso es suficiente. No hay en él mala fe ni crueldad. Hay algo más peligroso: LA INDIFERENCIA”.

“Los que solo buscan la Felicidad en su propia dicha son los más infelices de los hombres. No porque sean egoístas en sentido moral, sino porque han cortado las raíces de las que se nutre cualquier bienestar sostenible. No es buenismo, es franqueza”.

Termino. Tres párrafos y reflexiones.

Quizás el “no hacer la Guerra” o pagarles a los hombres por no hacer nada y “hacer la Paz” sea moralmente preferible a pagarles por matarse los unos a los otros, pero la ociosidad tampoco es tamaña virtud que digamos.

 “Como protección contra la fantasía y la demencia financieras y políticas, la memoria es mucho mejor que la ley. Cuando el recuerdo del desastre de 1929 se perdió en el olvido, la ley y la regulación fueron suficientes. La historia es extremadamente útil para proteger a la gente de la avaricia de los demás y de la suya propia” (“Historia del Crac del 29”; John Galbraith).

“Sentimos lo mismo, ¿verdad? Queremos que esto termine” ha espetado Donald Trump, presidente de los Estados Unidos a Xi Jinping, mandatario de China, hace escaso días, refiriéndose a la “Guerra” de Irán en el encuentro bilateral sostenido al más alto nivel?

“Sentimos lo mismo, ¿verdad? Queremos que esto termine”

Jerónimo Pedrosa del Pino