La radio

La radio

            Tuve la mala suerte de fracturarme el fémur tras una caída en bicicleta cuando apenas tenía cuatro años, y cumplí los cinco en el hospital, donde estuve ingresado unos meses. O buena suerte, quién sabe.

            Y claro, a un niño de tan tierna edad, pronto los familiares y amigos de mis padres, yo entonces tampoco tenía, lo colmaron de regalos: mi primer reloj, cosas para pintar, ropa, coche teledirigido. Muchos de estos obsequios aún los recuerdo. Otros no. Pero hubo un regalo que nunca olvidaré: un “walkman”. Quizá los más jóvenes lo hayan visto en algún museo.

            Era algo entonces “moderno”, y el que me regalaron particularmente, porque tenía radio, podías meter cintas casete, e incluso podía grabar canciones de la radio en las cintas.

            Fue gracias a ese artilugio que descubrí la radio, que escucho desde pequeño. En la primera comunión me regalaron otro walkman, pero seguí usando el antiguo, que tantas horas juntos le había cogido ya ese cariño extraño que solo se le coge a algunos objetos.

            Más de una vez rebobiné una cinta con un boli, porque se había atascado, operación que debía ejecutarse con sumo cuidado, para no romperla y para que no hubiera pliegues, pues luego podían volver a atascarla o provocar un sonido raro, como cuando se estaban gastando las pilas.

            Con los años abandoné aquel walkman, que aún conservo como reliquia, y que sigue funcionando, pero evolucioné al transistor, y a todo tipo de aparatos de radio, que me han acompañado mientras hacía deporte, o mientras opositaba, con radio clásica de fondo. Un día escribí al buzón del oyente para pedir una pieza entre carperis, enfiteusis y servidumbres. Fue el réquiem de Mozart, y créanme, sonaba más alegre que mis temas.

            Pertenezco a ese selecto club de oyentes que quita el sonido de la tele para ver el fútbol con el audio de la radio, incluso aunque a veces vaya la imagen por un lado y el sonido por otro.

            Los jueces somos muy de escuchar la radio, mientras hacemos las tareas de la casa, mientras trabajamos, o mientras conducimos a nuestros destinos hispánicos, porque es un medio más reflexivo y sosegado, y porque la soledad del juez acaso se mitiga con la compañía radiofónica.

            En mi casa cuando pongo el fútbol siempre me dicen “ya estás con tus amigos de la radio”, y así es, es que son mis amigos. Por eso, ahora estoy de duelo, porque algunos, como Pepe Domingo, nos han abandonado para siempre, y otros, como Alsina o Paco González, se han prejubilado. Hemos pasado tantas horas juntos, que ahora los echo de menos, como la época de mi walkman.

            Con los airpods, espotifais, podcasts, mp3, y demás innovaciones, va cambiando el formato de escucha, como ha sucedido periódicamente desde hace algo más de 100 años, cuando comenzó su andadura la radio, pero, por mi parte, aunque añore a los que se van, seguiré escuchando la radio, al menos, otros cien años más, o hasta que el meteorito, la IA, el efecto 2100, la profecía maya, o cualquiera de los desastres que cada año nos vaticinan el fin del mundo se haga realidad.

Luis Ángel Gollonet Teruel

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